comer cuando podía.
Mateo observaba desde la cocina.
Un sábado vio a Lucía contar monedas antes de pedir una sola orden para dividirla entre sus hijos.
Ella solo tomó agua.
Ese día, cuando don Ernesto le pagó, Mateo dejó sus 500 pesos sobre la mesa.
—Para los niños.
Lucía intentó devolvérselos.
Él regresó a la cocina.
La siguiente semana hizo lo mismo.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
—¿Entonces nunca estabas ahorrando para la bicicleta?
Mateo negó.
—No.
Recordé la noche de los billetes.
—Pero yo te vi contando dinero.