un escalofrío.
—¿Qué más hizo?
Mateo cerró los ojos.
—Vendí algunas cosas.
—¿Qué cosas?
No respondió.
—Mateo.
—Mi consola vieja.
Me quedé inmóvil.
La consola había sido el último regalo de cumpleaños que Javier le compró.
Mateo casi no la utilizaba desde hacía años, pero jamás pensé que se desprendería de ella.
—¿Por qué?
—A Emiliano se le había terminado el inhalador.
—¿Y todo el dinero que vi aquella noche?
—Parte era de la consola.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Vendiste algo que te dio tu padre y no