Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

otra secundaria.

Sentí que se me cerraba el estómago.

—¿Te siguieron?

Asintió.

—Pensaron que siempre llevaba efectivo.

—¿Intentaron robártelo?

—Sí.

—¿Te golpearon?

—Uno intentó agarrarme.

Se señaló la mejilla.

—Corrí. Me resbalé cerca del canal.

Apreté los dientes.

—¿Y el dinero?

—Lo escondí antes de regresar a casa.

—¿Y luego?

Miró a Lucía.

—Se lo di la semana siguiente.

Tuve que sentarme.

Mi hijo había sido perseguido por llevar dinero.

Había regresado herido.

Y aun así había vuelto a hacerlo.

—Por eso lo llamé hoy —dijo don Ernesto—. Yo tampoco