otra secundaria.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—¿Te siguieron?
Asintió.
—Pensaron que siempre llevaba efectivo.
—¿Intentaron robártelo?
—Sí.
—¿Te golpearon?
—Uno intentó agarrarme.
Se señaló la mejilla.
—Corrí. Me resbalé cerca del canal.
Apreté los dientes.
—¿Y el dinero?
—Lo escondí antes de regresar a casa.
—¿Y luego?
Miró a Lucía.
—Se lo di la semana siguiente.
Tuve que sentarme.
Mi hijo había sido perseguido por llevar dinero.
Había regresado herido.
Y aun así había vuelto a hacerlo.
—Por eso lo llamé hoy —dijo don Ernesto—. Yo tampoco