Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

y nunca aceptó que le devolviera el dinero.

Mateo miró a Lucía.

—La primera vez que la vi contando monedas tenía la misma cara que tú.

Lucía se cubrió la boca.

Mi hijo continuó:

—La cara que ponías cuando pensabas que yo no estaba mirando.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—Mateo…

—Yo sabía que ella estaba asustada.

—Pero tú querías esa bicicleta.

—Sí.

Miró sus manos.

Rojas.

Agrietadas por el jabón.

—Todavía la quiero.

Aquella respuesta me dolió más de lo esperado.

No estaba frente a un niño que había