y nunca aceptó que le devolviera el dinero.
Mateo miró a Lucía.
—La primera vez que la vi contando monedas tenía la misma cara que tú.
Lucía se cubrió la boca.
Mi hijo continuó:
—La cara que ponías cuando pensabas que yo no estaba mirando.
Las lágrimas comenzaron a caerme.
—Mateo…
—Yo sabía que ella estaba asustada.
—Pero tú querías esa bicicleta.
—Sí.
Miró sus manos.
Rojas.
Agrietadas por el jabón.
—Todavía la quiero.
Aquella respuesta me dolió más de lo esperado.
No estaba frente a un niño que había