conmigo.
Lo abracé.
Durante unos segundos ya no era el niño que trabajaba todos los sábados.
Ni el pequeño adulto que había decidido solucionar problemas que no le correspondían.
Era simplemente mi hijo.
—Estoy orgullosa de lo que hiciste —le dije.
Mateo empezó a llorar contra mi hombro.
—Pero escucha bien lo siguiente.
Me separé para mirarlo.
—Ayudar a alguien no significa convertirte en responsable de salvarlo.
Mateo no apartó la mirada.
—Y mucho menos significa esconder que alguien te está haciendo daño.
Asintió.
—Entiendo.
—No estoy segura de que