Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

—¿Juntos?

—Juntos.

Sonrió.

4 meses después volvió a detenerse frente a la tienda deportiva.

La bicicleta negra seguía allí.

El modelo había cambiado ligeramente.

El precio también.

Mateo se quedó mirando el aparador.

—¿Todavía la quieres?

—Sí.

—¿Cuánto tienes?

Me dijo la cantidad.

Había ahorrado más de la mitad.

2 semanas después cumplió 14 años.

Aquella mañana dejé un sobre sobre la mesa.

Mateo lo abrió.

Dentro había dinero.

No suficiente para comprar la bicicleta completa.

Solo lo que faltaba.

Me miró.

—Mamá.

—Tú pusiste la mayor parte.

—No tienes