había cuentas atrasadas.
Todavía tenía que calcular cada compra.
Pero dejó de depender del sueldo de un niño de 13 años.
Y Mateo tuvo que aprender algo que, para él, resultó sorprendentemente difícil.
Guardar dinero para sí mismo.
Don Ernesto siguió pagándole cada sábado.
La primera semana, Mateo llegó a casa, abrió una lata vieja que usaba como alcancía y metió allí los 500 pesos.
Lo observé desde la puerta.
—¿Cómo se siente?
Hizo una mueca.
—Raro.
—Acostúmbrate.
—Puedo guardar una parte y donar otra.
—Eso podemos hablarlo.
Me miró.