que ayudarme.
Sonreí.
—Ya sé.
Se quedó callado.
Después soltó una pequeña risa.
—Eso mismo me dijiste cuando empecé a trabajar.
—Y tú no me hiciste caso.
—Entonces supongo que estamos a mano.
Esa tarde fuimos juntos a la tienda.
Mateo pagó la bicicleta con el dinero que había ahorrado y con el que yo le regalé.
La sacó caminando hasta la banqueta.
Negra.
Letras naranjas.
Casi igual a la que había querido durante meses.
Antes de subir, se quedó mirándola.
—Papá habría dicho que escogí bien.
Sentí el conocido