nudo en la garganta.
—Probablemente habría intentado conseguir descuento.
Mateo soltó una carcajada.
Yo también.
Luego montó la bicicleta.
Avanzó unos metros.
Regresó.
—Mamá.
—¿Qué?
—Lo de la consola…
Sabía exactamente a qué se refería.
—¿Estás enojada?
Miré a mi hijo.
Por un instante imaginé aquella consola años atrás.
Javier sentado en el sofá ayudándolo a conectar cables.
Mateo brincando alrededor de él.
Un recuerdo convertido en plástico, botones y una caja que habíamos guardado demasiado tiempo.
—No —respondí.
—Era lo último que papá me había regalado.
—Lo sé.
Mateo