Mi hijo de 13 años llevaba 6 meses lavando platos para comprarse una bicicleta. Una noche lo vi esconder un montón de dinero. Días después volvió cubierto de lodo y con la ropa rota. Entonces su jefe me llamó y preguntó: —Señora, ¿sabe qué hace Mateo con cada pago? Le dije que ahorraba para su bicicleta. Guardó silencio. —Entonces ya es hora de que sepa la verdad.

nudo en la garganta.

—Probablemente habría intentado conseguir descuento.

Mateo soltó una carcajada.

Yo también.

Luego montó la bicicleta.

Avanzó unos metros.

Regresó.

—Mamá.

—¿Qué?

—Lo de la consola…

Sabía exactamente a qué se refería.

—¿Estás enojada?

Miré a mi hijo.

Por un instante imaginé aquella consola años atrás.

Javier sentado en el sofá ayudándolo a conectar cables.

Mateo brincando alrededor de él.

Un recuerdo convertido en plástico, botones y una caja que habíamos guardado demasiado tiempo.

—No —respondí.

—Era lo último que papá me había regalado.

—Lo sé.

Mateo