un departamento vacío en Puebla.
Otra había sido constituida por una mujer de 72 años que vendía comida afuera de una secundaria y aseguraba no saber siquiera qué era la empresa que aparecía a su nombre.
La última compartía contador con una compañía controlada por Nicolás.
—Eso no prueba nada —dijo Claudia.
—No.
Pasé la página.
—Esto sí es más interesante.
Había autorizaciones internas con su firma electrónica.
Pagos.
Correos corporativos.
Órdenes para dividir transferencias.
Y mensajes enviados entre ella y Nicolás utilizando teléfonos de la empresa.
El abogado se