inclinó hacia Claudia.
—No diga nada.
Pero ya era tarde.
Claudia miró los documentos y después me miró a mí.
—Él me dijo que podía manejarlo.
Sentí una calma extraña.
—Eso también me lo decía a mí.
Salí de la sala.
A las 5:32 de la tarde, Nicolás apareció en la recepción de mi edificio.
No llevaba saco.
Tenía la camisa arrugada.
El cabello desordenado.
Y la arrogancia de la noche anterior había desaparecido.
—Necesito hablar contigo.
Acepté verlo en una sala de visitas con cámaras.
En cuanto entré,