visita.
Cuando lo vi detrás del vidrio casi no reconocí al hombre que había entrado sonriendo a nuestra casa aquella madrugada.
Parecía haber envejecido 10 años.
Tomó el teléfono.
—Gracias por venir.
No dije nada.
—Claudia está tratando de culparme de todo.
—Eso es asunto de sus abogados.
—Mi madre apenas me habla.
—También es asunto tuyo.
—No tengo a nadie.
Lo miré.
—Tenías una esposa.
Cerró los ojos.
—Lo sé.
Sacó aire lentamente.
—Teresa, ayúdame.
—¿Cómo?
—Declara que yo colaboré desde el principio. Di que te entregué información voluntariamente.