que hubiera tenido.
También empezamos terapia.
La primera vez que la psicóloga me pidió entrar a una sesión, Valentina estaba dibujando una casa.
Tenía 2 ventanas.
Un árbol.
Un perro.
Y 2 personas tomadas de la mano.
—¿Quiénes son?
—Papá y yo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y esta casa?
—Una nueva.
—¿No quieres regresar a la nuestra?
Negó con la cabeza.
—Allá todavía siento que mamá puede entrar.
Esa misma noche llamé a una inmobiliaria.
3 meses después entregué las llaves de aquella casa.
No quería que mi