hija sanara en el lugar donde había aprendido a tener miedo.
Compré una casa más pequeña en una colonia tranquila al otro lado de Querétaro.
Tenía un patio.
Una cocina sencilla.
3 habitaciones.
Y un árbol de jacaranda frente a la ventana de Valentina.
El primer día colocó estrellas fluorescentes en el techo.
Yo la ayudé subido en una escalera.
—Esa está chueca.
—Pues súbete tú.
Se rio.
Me quedé completamente quieto.
No porque el comentario fuera especial.
Sino porque llevaba meses esperando escuchar esa risa.
Una risa normal.
Sin