me culpé por mis viajes.
Por no haber visto.
Por creer las videollamadas.
Por escuchar un “todo bien” y aceptarlo.
La psicóloga me enseñó algo que tardé meses en comprender.
La culpa podía servirme para cambiar mi vida.
Pero no podía convertirse en otra habitación donde Valentina tuviera que entrar a rescatarme.
Así que cambié.
Dejé el puesto que me obligaba a viajar.
Aprendí los nombres de sus amigas.
Fui a festivales escolares.
Aprendí a hacer trenzas terribles.
Cocinamos hot cakes los domingos.
Y cada noche, antes de apagar la