pasillo porque no quería que me viera llorar.
Meses antes había regresado de un viaje esperando una noche cualquiera.
Encontré una maleta junto a la puerta.
Una casa demasiado silenciosa.
Y una niña de 8 años escondida detrás de su habitación porque tenía miedo de contarme que le dolía la espalda.
Aquella noche pensé que mi obligación era descubrir qué había ocurrido.
Estaba equivocado.
Mi verdadera obligación era mucho más grande.
Tenía que asegurarme de que Valentina nunca volviera a creer que guardar silencio era la única manera de estar