de que Emilia pudiera preguntarle qué quería decir, un dolor brutal le atravesó el abdomen.
Se levantó sobresaltada.
Otro dolor llegó segundos después.
Entonces sintió el agua corriendo por sus piernas.
Tenía apenas treinta y cuatro semanas de embarazo.
Afuera comenzaba una tormenta.
Y la única carretera hacia el pueblo ya se estaba convirtiendo en lodo.
PARTE 3
—Rafael…
Fue lo único que Emilia alcanzó a decir antes de doblarse sobre la mesa.
Él reaccionó inmediatamente.
La sostuvo por los hombros.
—Mírame. Respira.
—Es demasiado pronto.
—Lo sé.
—Mi hija