cercas, motores y tuberías.
Una tarde, mientras compartían café de olla bajo un tejabán, Emilia le preguntó:
—¿A qué se dedica realmente?
Rafael sonrió con tristeza.
—Tengo viñedos cerca de Parras. También una empacadora y una distribuidora.
Emilia lo miró incrédula.
El hombre que llevaba tres días arreglando postes vestido con una camisa vieja tenía dinero suficiente para no volver a ensuciarse las manos jamás.
—¿Entonces qué hace aquí?
Rafael dejó la taza.
—Buscando algo que el dinero nunca pudo arreglar.
Le contó que su esposa había muerto de cáncer