años, en áreas distintas: yo en operaciones, él en ventas. Nuestro jefe, don Raúl, era casi un amigo de la familia. Él y su esposa habían venido a casa a asados y cumpleaños; una vez, cuando nuestro hijo se quebró el brazo y Gustavo estaba de viaje, fue don Raúl quien nos llevó al hospital.
Por eso, cuando anunciaron la cena de fin de trimestre en un restaurante a las afueras, esperaba lo de siempre: discursos aburridos, demasiada comida y demasiado vino.
Unos días antes, Gustavo me avisó que llegaría