Parte 2: La casa que ya no podían quitarmekara

vida nueva financiada con la mía.

—¿Sabía Verónica? —pregunté.

Teresa señaló una autorización electrónica con el correo de mi nuera.

—Al menos participó en las operaciones.

No lloré.

No porque no doliera.

Sino porque el dolor ya había pasado a otra fase.

Se había convertido en claridad.

Cuando Mauricio y Verónica regresaron de Los Cabos, había una camioneta de mudanzas estacionada frente a mi casa.

No una patrulla. No una escena humillante.

Una empresa contratada para que retiraran sus cosas de forma ordenada, con Teresa presente y un notificador legal