en la entrada.
Yo estaba sentada en mi propio comedor.
No en la cocina.
No de pie.
En el sitio que había dejado de usar porque Verónica decía que necesitaba “un espacio profesional”.
Cuando entraron, Sofía corrió hacia mí.
—Abuela, ¿por qué no viniste?
La abracé con cuidado.
—Porque los adultos tomamos decisiones equivocadas, mi amor. Pero me alegra que estés bien.
Mateo se quedó detrás de su padre, confundido.
Mauricio me miró con rabia.
—¿De verdad hiciste esto?
—Sí.
—Nos vas a echar con los niños.
—No los estoy