Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

regresara la Mariana de antes.

No estaba esperando el cabello brillante, el perfume, los viajes o las tardes en que corría con él por el campo.

Para Bruno, aquella mujer seguía siendo Mariana.

La misma persona que lo había alimentado.

La que lo había cuidado cuando era cachorro.

La que se sentaba en el suelo para cepillarlo.

La que le guardaba pequeños trozos de comida.

Yo, en cambio, estaba dejando que mi miedo hablara más fuerte que mi amor.

Entré en la habitación.

Esta vez no intenté evitar el olor.