con esfuerzo y apoyó el pecho contra el colchón.
Yo iba a detenerlo.
Pero no pude.
Bruno acercó la cabeza al cuello de Mariana.
Justo donde el olor era más
intenso.
Y respiró profundamente.
Nada ocurrió.
No se apartó.
No sacudió la cabeza.
Simplemente hundió el hocico entre su cuello y su hombro.
Mariana empezó a llorar.
Pero esta vez no escondió el rostro.
Rodeó el cuello del perro con sus brazos delgados.
—Tú todavía me quieres —susurró.
Algo dentro de mí se rompió.
Bruno no estaba esperando a que