Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

Respiré.

Sentí aquel dulzor metálico.

Las medicinas.

El sudor.

La enfermedad.

Y por primera vez traté de dejar de pensar que aquello era algo que debía rechazar.

Era parte de lo que mi esposa estaba viviendo.

Me acosté detrás de ella.

La abracé.

Mi pecho quedó pegado a su espalda.

Hundí el rostro entre su cabello.

Mi cuerpo volvió a tensarse por un instante.

Pero no me moví.

—Estoy aquí —le dije—. Perdóname.

Mariana agarró mi mano.

Bruno se acomodó junto a nosotros.

Y durante casi una hora permanecimos así.