Una mujer enferma.
Un marido asustado.
Y un perro viejo que parecía entender algo que yo había olvidado.
A la mañana siguiente desperté todavía abrazando a Mariana.
Bruno dormía junto a sus piernas.
Las sábanas olían a medicamentos y enfermedad.
Pero esta vez no me levanté corriendo.
Mariana abrió los ojos.
—¿Te quedaste?
Aquella pregunta me dolió más que cualquier
reproche.
—Sí.
Me apretó el brazo.
—Bien.
Luego miró hacia la ventana.
—Quiero salir.
—¿A dónde?
—Al porche.
Respiró con dificultad.
—Quiero sentir el aire. Y quiero a Bruno conmigo.