Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

Moverla era complicado.

Todo se había vuelto complicado.

Beber agua.

Sentarse.

Ir al baño.

Cambiarse de ropa.

Cada cosa pequeña podía convertirse en una hora entera.

Preparé la silla de ruedas y coloqué varias mantas.

Cuando la ayudé a incorporarse, Mariana hizo una mueca.

—Odio esto.

—Lo sé.

—No te odio a ti.

—Ya lo sé.

Negó con la cabeza.

—Odio que todo el mundo diga que soy valiente.

Me quedé callado.

—Como si estuviera haciendo esto para inspirarlos —continuó—. Yo no quiero inspirar a nadie. Solo quiero seguir siendo