yo.
Miró mi teléfono sobre una mesa.
La noche anterior varios vecinos habían compartido mensajes diciendo que yo era un esposo extraordinario.
Incluso alguien había tomado una fotografía mía sacando
una bolsa de basura.
Debajo escribieron algo parecido a: “Así se ve el amor verdadero”.
Mariana lo había visto.
—También tienes que dejar de permitir que te conviertan en un santo —dijo.
—Solo intentan ayudar.
—Lo sé.
Suspiró.
—Pero no eres un santo, Andrés. Eres mi marido.
La ayudé a salir.
Bruno nos siguió con pasos torpes.
En el porche,