la cama. No voy a salir corriendo a perseguir a desconocidos.
A pesar de todo, solté una pequeña risa.
Después se me quebró la voz.
—Están diciendo cosas horribles.
Mariana estiró una mano hacia Bruno.
—La gente necesita que alguien sea el bueno y alguien sea el malo.
Me miró.
—Yo no necesito eso.
—¿Entonces qué necesitas?
—A ti.
Los días siguientes algunos vecinos empezaron a comportarse de manera diferente.
Seguían dejando comida.
Seguían saludando.
Pero ya no me miraban igual.
Y curiosamente aquello me alivió.
Habían dejado de mirar