a un supuesto héroe.
Ahora veían a un hombre cansado que no siempre sabía qué hacer.
Teresa volvió dos días después.
Estuvo guardando algunas compras en silencio.
Finalmente dijo:
—La
gente está hablando.
—Lo sé.
—Te están juzgando.
—También lo sé.
Cerró un armario con demasiada fuerza.
—¿Por qué necesitabas publicar aquello?
Pensé en inventar una respuesta noble.
Pero no la tenía.
—Porque me estaba rompiendo.
Teresa dejó de moverse.
—Mi hija se está muriendo.
—Lo sé.
—Y no sé dónde poner toda la rabia que siento.
Aquella vez no