había acusación en su voz.
Solo dolor.
La miré.
—Creo que durante unos días la pusiste sobre mí.
Teresa cerró los ojos.
—Sí.
—Está bien.
—No, no está bien.
Respiró profundamente.
—Pero tampoco sé hacerlo mejor.
Por primera vez comprendí que Teresa no era mi enemiga.
Solo era una madre viendo desaparecer a su hija.
Esa misma tarde Mariana pidió algo inesperado.
—Quiero ver a algunas personas.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿A quiénes?
—A pocos vecinos. Los que realmente han estado aquí sin hacer ruido.
—¿Para qué?
Mariana me miró con aquellos