Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

cansados reconocían cosas que llevaban años escondiendo.

Nadie solucionó nada.

Nadie pronunció frases perfectas.

Pero todos se quedaron.

Y aquella noche entendí que quedarse a veces era suficiente.

Cuando ayudamos

a Mariana a volver a la cama, Bruno intentó subir con ella.

Teresa lo miró.

Esta vez no dijo nada.

Más tarde, cuando estaba a punto de marcharse, Teresa se detuvo frente a mí.

—Andrés.

—¿Sí?

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Por pensar que tenías que hacerlo todo perfectamente para merecer estar a su lado.

Bajé la mirada.

—No soy perfecto.

—Ya