necesariamente que seas una mala persona.
El hombre sentado frente a ella se tapó los ojos.
—Cuando murió mi padre —admitió—, yo no podía ayudarlo con algunas cosas. Contratamos a una persona para que lo hiciera.
Tragó saliva.
—Durante años pensé que había fallado.
Mariana negó lentamente.
—No fallaste.
La mujer junto a él susurró:
—Yo tampoco podía entrar en la habitación de mi madre durante los últimos días.
Después otra persona contó algo.
Y otra.
El porche dejó de parecer una reunión.
Se convirtió en un lugar donde adultos