enfermar era una mujer que se reía demasiado fuerte, discutía conmigo por dejar las tazas en cualquier sitio y cantaba fatal mientras preparaba café.
Vivíamos en una colonia tranquila a las afueras de Querétaro.
Teníamos una casa pequeña, una camioneta vieja y un perro enorme llamado Bruno.
Bruno era un lebrel irlandés de pelo gris, desordenado y áspero.
Tenía ya muchos años, el hocico casi blanco y las patas traseras rígidas por la edad.
Cuando caminaba por el pasillo, sus uñas golpeaban lentamente el piso.
Parecía otro anciano de la