cama.
Llevaba flores.
El Proyecto Caleb había crecido mucho más de lo que jamás imaginamos. Lo que comenzó con los pequeños ahorros de mi hijo ya había ayudado a decenas de familias con alojamiento, transporte y comidas durante los tratamientos de sus hijos.
Aquella mañana, el hospital nos había invitado a conocer una nueva habitación destinada a familiares que necesitaban descansar mientras acompañaban a sus seres queridos.
Junto a mí estaban Elena y Lucía.
Lucía ya tenía veintitrés años.
Estaba sana, había terminado sus estudios y había comenzado a trabajar.