copa de champaña.
El texto decía:
Los sueños sí se cumplen.
Guardé capturas.
Mientras ellos celebraban, Lucía notificó al banco fiduciario, a la casa de bolsa, a la inmobiliaria, al vendedor y a la notaría que cualquier autorización presentada por mi padre estaba formalmente desconocida.
El dinero quedó detrás de una pared que Héctor Salgado ya no podía atravesar.
Esa noche mi madre llamó.
Contesté.
—¿Qué hiciste?
—Protegí mi herencia.
—¡Acabas de humillar a tu padre frente a medio mundo!
—Usó una firma que yo nunca puse.
Hubo silencio.
Entonces