los ojos.
—Eso no convierte mis 42 millones en premio para Renata.
Colgó.
Al día siguiente, mi padre irrumpió en el despacho de Lucía.
Yo ya estaba sentada ahí.
Se detuvo al verme.
Lucía colocó la autorización falsa sobre la mesa.
—Antes de que diga cualquier cosa, señor Salgado, debe saber que este documento ya fue preservado por el banco, la casa de bolsa, la notaría y nuestro despacho.
Por primera vez en mi vida, vi algo nuevo en los ojos de mi padre.
No era enojo.
Era miedo.
Parte