ser madre.
—Tal vez. Pero espero no necesitar robarle a una hija para demostrar que quiero a la otra.
Su rostro cambió.
Tomé mi maleta.
—Valeria.
Me detuve.
—Una última cosa.
—¿Qué?
—Renata se casa el próximo año.
La miré, incapaz de creerlo.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a pedirte.
—Sí lo sé.
Salí de aquella casa esa noche.
3 meses después, mi padre, acompañado por su propio abogado, aceptó devolver una cantidad considerable al fideicomiso para evitar que el conflicto terminara en un juicio mucho más largo.
Nunca