ocho.
Ethan tenía treinta y cuatro.
Para entonces su empresa había sido adquirida parcialmente por una corporación enorme.
No hablaba de dinero.
Nunca presumía.
Vivía bien, pero no extravagantemente.
Por eso me sorprendió cuando una mañana nos pidió que fuéramos con él a “ver algo”.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentira.
—Me gustan las sorpresas baratas.
Ethan rio.
Nos llevó a las afueras de la ciudad.
Entramos en una zona arbolada con grandes propiedades.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Daniel.
—Paciencia.
El automóvil se detuvo