Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

Violencia? Yo no le he pegado.

Rebeca ni

parpadeó.

—No toda violencia deja moretones.

Tomás cruzó los brazos.

—Mi papá necesita ayuda. Si ella se va, ¿quién lo cuida?

—El señor Esteban tiene recursos —respondió Rebeca—. Y un hijo adulto muy preocupado.

Tomás abrió la boca.

La cerró.

Yo casi aplaudo.

—No puedo cuidarlo —dijo él—. Trabajo.

—Yo también trabajaba —dije—. Solo que nadie le llamaba trabajo.

Esteban me miró con desprecio.

—¿Qué quieres, Brenda? ¿Dinero?

La pregunta me dio risa.

—Qué curioso. Después de cinco años limpiándote la saliva,