de ellas.
La maestra habló del colapso del cuidador y yo sentí que estaba leyendo mi historia en voz alta.
No levanté la mano.
Todavía no.
Pero escribí en mi libreta:
“Yo no fui enfermera gratis. Fui una mujer explotada que aprendió tarde a cobrarse con libertad.”
Tiempo después recibí una carta de Esteban.
La mandó desde el centro.
No la abrí en cuanto llegó.
La dejé tres días sobre la mesa.
Cuando por fin la leí, decía:
“Brenda:
Aquí todos cobran por cuidarme. Nadie adivina. Nadie corre si grito.