algunos libros de Lucía.
Elena recordó inmediatamente aquellas conversaciones en las que su hija hablaba con toda naturalidad de repartirlos algún día, como si la muerte perteneciera a un futuro tan lejano que podía mencionarse sin miedo.
Juntas separaron los ejemplares que Lucía había querido regalar y conservaron unos pocos que tenían recuerdos familiares.
Inés eligió uno gastado que su madre había leído muchas veces.
—Este se queda conmigo —dijo.
Elena estuvo a punto de responder que sí de inmediato, pero dejó que fuera la niña quien lo sacara de