O decía que no las veía, lo cual era una forma elegante de no tratarme como celebridad.
—Esta tierra está buena —me dijo el primer día—. Solo está abandonada.
Me quedé mirando el terreno.
—Yo también.
Martin fingió no escuchar, pero sonrió.
Durante esas mañanas con las manos sucias, aprendí algo sencillo y brutal: el cuerpo entiende antes que la mente.
Mientras arrancaba maleza, sentía que también arrancaba recuerdos.
El primer departamento de Ethan y mío, con una cama barata y una ventana que no cerraba bien.
Las noches en