seiscientos mil pesos a prestamistas que cobraban intereses diarios.
Aquella tarde, después de firmar mi divorcio, recibí finalmente la confirmación jurídica de que la herencia estaba completamente a mi nombre.
Horas después llegué al hotel de Reforma en un auto con chofer.
Cuando entré al salón, todas las conversaciones se apagaron.
Teresa vino hacia mí.
—¿Qué haces aquí? ¿Rentaste ropa cara para darnos lástima?
Rodrigo sonrió con desprecio.
—No te humilles, Mariana. Renata sí puede comprar esas cosas.
Miré hacia el escenario.
Camila estaba sentada allí, acariciando discretamente el vientre