y la dejé frente a él.
Rodrigo abrió la primera página.
Después la segunda.
Contratos.
Documentos notariales.
Participaciones empresariales.
Estados de cuenta.
Propiedades.
Al llegar a la cifra total comenzó a respirar por la boca.
—Cinco millones… ¿de dólares?
—Más las propiedades.
—¿De quién es esto?
Lo miré.
—Mío.
Sentí cómo el silencio se hacía todavía más pesado.
—Mi tía Isabel murió hace dos meses. Me dejó todos sus bienes.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Dos meses?
—La misma noche en que recibí la llamada preparé una cena para contártelo. Quería