bajó la voz.
—Una vez la vi llorando aquí.
Mi estómago se contrajo.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Qué hacía?
—Estaba mirando el librero.
—¿Y qué dijo?
Mia tardó unos segundos.
—Dijo que nunca debió aceptar trabajar aquí.
Me quedé inmóvil.
Grace jamás había dicho algo parecido.
De hecho, siempre había sido discreta.
Leal.
Casi invisible.
—¿Qué más dijo?
Mia me miró.
—Dijo que usted no sabía nada.
Sentí un escalofrío.
—¿Nada de qué?
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en el pasillo.
Mia se quedó completamente quieta.
—Es mamá.