heredó.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿De quién?
Grace me miró directamente.
—De un hombre que llevaba años intentando mantener esa habitación cerrada.
Antes de que pudiera preguntar su nombre, algo golpeó desde el interior.
Una vez.
Dos veces.
Después se escuchó claramente una voz.
Débil.
Apenas un susurro.
—¿Hay alguien ahí?
Grace se llevó ambas manos a la boca.
Yo me quedé paralizado.
La voz volvió a sonar.
—Por favor…
Era una voz de mujer.
Y entonces dijo mi nombre.
—Señor Duca…
Miré a Grace.
Ella estaba