alguna vez. Al final decidí no presentar cargos penales: bastaba con la multa, el proceso civil y la orden que les prohíbe acercarse a mi casa.
Dos semanas después llegó una carta de Esteban, arrugada de tanto escribirla. Karina lo había dejado, él había perdido su empleo y trabajaba como ayudante de albañil pagando deudas. “No te pido perdón porque no lo merezco; solo quería que supieras que lo siento”, decía. La guardé en un cajón. Todavía no estoy lista para responder.
Hoy mi casa vuelve a ser mía: pinté