algo pequeño.
En una de ellas estaba la pulsera del hotel que Mateo se había negado a quitarse durante todo el viaje.
La tomó y me preguntó si podía guardarla.
Claro.
La metió en una cajita donde Sofía guardaba boletos y pequeños recuerdos.
Me quedé observándolos.
Habíamos salido de México porque mis hijos no habían sido incluidos en un viaje familiar.
Pero habíamos regresado con algo que no podía comprar ningún hotel.
La certeza de que podían disfrutar algo sin pedir permiso para sentirse incluidos.
Unos días después, mis padres