que mis padres tomaran una decisión a ciegas.
Después de eso, mi relación con mi hermano cambió.
No de golpe.
No hubo una reconciliación perfecta.
Durante meses hablamos menos.
Pero por primera vez, cuando hablábamos, no era porque alguien necesitara dinero.
Mis padres también cambiaron conmigo.
No dejaron de querer a Alejandro.
Tampoco empezaron a tratarme como la hija favorita.
Simplemente dejaron de asumir que yo siempre podía arreglármelas sola.
Y empezaron a preguntarme cómo estaba antes de preguntarme qué podía hacer por los demás.
Una noche, varios meses después,