otro:
ELENA.
Ambos estaban escritos por nuestra madre.
Esta vez abrí el mío inmediatamente.
No hablaba de dinero.
No hablaba de propiedades.
Ni siquiera mencionaba a mi padre.
Decía:
«Elena, si algún día lees esto, espero que ya hayas aprendido algo que yo tardé demasiado en comprender: amar a tu familia no significa entregarles las llaves de tu vida.»
Tuve que detenerme.
Las lágrimas me nublaron la vista.
Debajo continuaba:
«Ayuda cuando quieras ayudar. Da cuando quieras dar. Pero nunca permitas que alguien convierta tu generosidad en una deuda que